¿Existirá algo más prosaico que la muerte, y a la vez más rodeado de solemnidad? ¿Algo tan contradictorio

A Roberto Vélez Correa, un lector con sonrisa

14/02/2005 Ciudadeje.com

¿Existirá algo más prosaico que la muerte, y a la vez más rodeado de solemnidad? ¿Algo tan contradictorio

que permita afirmaciones como “el nacimiento es el primer paso hacia la muerte” o “vivir perjudica seriamente la salud”?  Pero tampoco se vive para responder estos interrogantes, tan sólo podemos especular, pues es bien sabido que hasta ahora nadie ha regresado para describirnos dicho estado, aunque varios nos han amenazado, entre ellos, el profesor Roberto Vélez.

Ni siquiera cuando le avisó a sus colegas sobre la gravedad de su salud, Roberto dejó de lado el humor socarrón, pues enseguida de mencionarles esa palabra luctuosa de seis letras que también es signo zodiacal, aunque no por eso le aseguró el cielo; les advirtió a aquellos colegas que permanecían hasta altas horas de la noche en las instalaciones de la facultad de filosofía, que si seguían así, él volvería para jalarles las patas o asustarlos de alguna otra forma.

Pero en sea misma amenaza, se refleja esa marca distintiva de Vélez Correa frente a la mayoría de sus compañeros, pues uno diría sin mucha duda, que él era filósofo a pesar de sí mismo, es decir, que como muchos de sus discípulos y coetáneos, llegó a buscar esas letras que ocupan el segundo nombre de la carrera que alguna vez coordinó.  Y por lo mismo sus clases eran distintas: con rostro afable en vez de rictus epistemo-patológico, discurso oral y coloquial y no una trinchera con fuentes y mamotretos comentados, así como el carrizo cómodo y la gestualidad marcada, por encima de la pasmosa y somnífera inmovilidad.

De sus obras, quizás la más leída por su misma labor catedrática, fue El eterno elusivo del poema.  Sus cuentos y novelas, son el resultado, hasta en cierta medida, involuntario, de un análisis de su sociedad elaborado desde una inmensa pasión lectora.  Sus columnas en La Patria, fueron oasis en esa aridez de ideas y trascendencia, que destacan a la sección editorial de dicho diario.  Pero entre todo, lo más encomiable, fue su estudio, difusión, apoyo y formación a la literatura caldense, tanto a sus representantes como a sus obras.

Algunos miraban con desdén el aporte del profe y lo culpaban de “convertir la literatura en una cosa muy seria, de quitarle su magia.  ¡Pobres desatentos e incumplidos!, ya que parecían no escuchar –o no poder o no querer-, la salvedad que él mismo hacía, en particular sobre la crítica literaria: “estas son visiones o versiones que no pueden hacer perder el disfrute y el juego de la narrativa”.

De todos modos, si tuviéramos que describir su amor por la literatura, antes que consultar las ficciones de sus amigos, tendríamos que interrogar a los tomos de su biblioteca, además de otros testigos de risotadas y demás emociones estéticas; y entre los cuales, tal vez alguno nos recordarían, unos versos de Gonzalo Rojas, de una poema que al maestro le parecía terriblemente bello:

                        En primer lugar no pongan flores encima, pongan aire,

                        aire fresco, a ver si esa transparencia ayuda al ocioso

                        que ya no duerme ahí y sin embargo duerme…