El periodista y profesor universitario Miguel Ángel Rojas Arias, dirigió las siguientes palabras en la presentación del libro del antiguo miembro del Comando Central del Eln, León Valencia Agudelo.
El libro de León Valencia, Mis años de guerra, nos habla de intimidades individuales y de urgencias colectivas en Colombia. Y, por supuesto, del amor… ese conmensurable sentimiento que nos mueve con la más apasionante de todas las violencias, aquella que nos conduce a la mujer y ella hacia nosotros, o a los hijos, como el más bello sueño sobre la tierra. Y sobre el amor, nos habla León en Gloria y en Martha, en sus hijos, pero también en sus amigos, por los que tantas veces entristeció y lloró.
Es un libro que nos platica de amor, pero también de poesía y de literatura. Nos recuerda a Borges, pero también los tangos y boleros y vallenatos y las Casas de Cartón de Alí Primera. Es un libro de amor, de poesía, de Borges y de política. De la política entendida como el respeto, la solidaridad, la equidad y la justicia para construir la convivencia pacífica. Es un relato histórico de la acción y la educación popular como propuesta política en veredas y pueblos del Nordeste antioqueño y muchas otras partes del país y que hicieron crecer las ilusiones de una revolución socialista que impulsó un sector de la iglesia Católica con la teoría de la liberación, pero que jamás estuvo cerca.
Mis años de guerra es un libro que nos habla sobre todo de la guerra y la urgente necesidad de reconciliación. La guerra como extensión violenta de la política. Esa violencia que hizo ver a León Valencia, muy de cerca, la muerte, y la supo “más fría y más inapelable que la pobreza y la exclusión”. Pero sobre todo, aquí está el relato de un sueño frustrado, contado con la pasión de una autobiografía, que se convierte a la vez en parte de la historia política y violenta del país en los últimos treinta o cuarenta años.
Cuenta León sobre una vergüenza, la vergüenza de la traición, que en un comienzo, creía había perpetrado contra el Eln. Leído el libro, creo que esa vergüenza está exorcizada. No hay tal vergüenza, León y sus amigos de la Corriente de Renovación Socialista tomaron el camino correcto. Si las vías legales para el cambio se cerraron en los años sesenta y setenta, como lo dice el autor, sólo la lucha política civil y democrática que acometieron los movimientos civilistas de izquierda, podrían abrirlas, y así lo han hecho.
El libro reconoce que los sueños se desvanecieron y que la violencia guerrillera no restauró la dignidad ni la libertad que la vieja aristocracia nos ha quitado y que por el contrario degradó la sociedad de nuestros días. Reconoce con valor los ajusticiamientos de campesinos que hizo el Eln por pura sospecha de ser informantes del ejército y de paramilitares.
Cuenta la historia del nacimiento de este grupo guerrillero en Cuba, de la mano de Fabio Vásquez Castaño, un hombre nacido en las breñas del Quindío. Pero también de su crueldad después del descalabro de Anorí.
Pero también da cuenta de los asesinatos y desapariciones que realizó el Estado a través del ejército o fuerzas oscuras que después se descubrieron como movimientos paramilitares. Tuvo León Valencia la certeza de desembuchar el maremágnum que se avecinada con la entrada del narcotráfico y el paramilitarismo en la escena política colombiana de finales de los años ochenta, pero además de comprender la dureza y la degradación de la guerra.
“En esta larga confrontación entre colombianos los enemigos empezábamos a parecernos. Más en la saña que en el honor. Uno y otro nos habíamos dado a la tarea de realizar acciones indebidas y brutales, que autorizaban al contender a hacer lo propio, tejiendo así una irrompible cadena de horror. Empezaba a sentir en esta guerra el olvido azaroso de la condición humana”, dice León en la página 191 del libro. Y lo menciona porque el Estado desaparecía campesinos, obreros, estudiantes, líderes políticos de izquierda, pero al tiempo el Eln secuestraba hacendados, ganaderos, alcaldes y también ajusticiaba campesinos.
León Valencia tuvo la inteligencia de darse cuenta de que la guerra era inútil. Después de ver caer a tantos y tantos amigos y luchadores que buscaban mejorar las condiciones de vida del hombre colombiano, supo que “una buena parte de la dirigencia nacional había resultado más ducha y más cruel y despiadada a la hora de combinar todas las formas de lucha”. Ya había en el país una violencia generalizada por parte del paramilitarismo, el militarismo, el narcotráfico, la delincuencia y la guerrilla. Y paró.
El autor cuenta sus discusiones sobre el particular en el seno del Comando Central del Eln, el nacimiento de la Corriente de Renovación dentro del grupo, su separación y su búsqueda de un momento de reconciliación, que finalmente llegó en el corregimiento Flor del Monte, en Sucre en abril de 1994.
Hay dos cosas del libro que no puedo dejar de comentar. La primera, el día en que en la escuela donde estudiaba su hija de cinco años les preguntaron a los niños dónde trabajaban sus padres, y la niña levantó la mano y dijo con la inocencia conmensurable de un ángel: “Mi papá León Valencia trabaja con el Ejército de Liberación Nacional”.
Y la segunda cosa es el pasaje en un lugar de las montañas, allí donde estaba la sede del Comando Central del Eln, que León comenta con su amigo Milton Hernández sobre las novedades del Deportivo Independiente Medellín y se declara, en el libro, hincha de este equipo. Qué lástima.