
En la actualidad los cafeteros no solamente han tecnificado sus cultivos, sino que, también, han aprendido el arte de tostarlo, empacarlo y comerciarlo.

Un personaje importante en los depósitos, en las trilladoras y en la Federación Nacional de Cafeteros era, y es, el fiel: este personaje es el encargado de pesar el café, conceptuar sobre su calidad y fijar el precio de compra.
Cuando se descargan los bultos, se montan en la báscula y allí, con un punzón de forma cónica se toman muestras aleatorias de cada bulto, se determina el secado y se le hacen pruebas organolépticas.
Anteriormente, este trabajo era muy subjetivo y muchas veces, caprichoso; hoy, se ha tecnificado mucho, hay sitios en donde, incluso, le hacen pruebas de taza al café.
Las tostadoras de pasilla
Otra etapa de la industria cafetera es la tostada: en Armenia, las tostadoras se especializaron en procesar pasilla y cafés de pésima calidad que no cumplían los patrones para la exportación, porque el café excelso no era para el consumo interno: ese era para vender en los mercados internacionales; de ahí que aquí nunca se tomara café de buena calidad; tampoco se conocían otras formas de preparación, ni se le pusiera empeño en aprender a tomar algo diferente al tinto y “el pintadito”.
En la tostadura se rompía la larga cadena de producción que formaba la industria del café. Ni en Armenia, ni en el país, se comprendió la importancia de darle el valor agregado a todo ese arduo trabajo artesanal que comienza con la selección de los granos para formar semilleros y almácigos, seguida con los procesos, que no simples pasos, de la siembra, recolección y beneficio.
Finalizado el trabajo artesano, no hubo quien continuara el proceso industrial tecnificado; por esa razón, no hubo aquí tostadoras de buena calidad; casi todas, salvo una, eran dedicadas a procesar café para el consumo regional; ninguna logró trascender el ámbito local y conquistar siquiera los mercados nacionales. Sin embargo, todas las tostadoras, artesanales o no, contribuyeron a darle al aire del pueblo ese delicioso aroma de café tostado.
La cosecha y el derroche
La quintaesencia del trabajo cafetero lo constituye la cosecha, esto es, la recolección, beneficio y venta del grano. La cosecha ponía en evidencia la dependencia que, del café, tenía la economía de la región.
En el pueblo se incrementaban todas las actividades en los meses de cosecha; se aumentaban el consumo y el despilfarro; cada quien gastaba y derrochaba a su medida, unos en bares y cantinas, otros en cacharros, ropas y enseres para el hogar, y los otros en artículos de lujo, carros de último modelo y viajes al exterior. Aquí se vio la negativa tenaz de la clase alta agropecuaria a crear industria.
Pero la gran mayoría trataba de sanear sus cuentas, cancelaba sus obligaciones, hasta donde le alcanzaba, para reiniciar su endeudamiento una vez terminara la cosecha.
Pasado el tiempo, muchos años después de haber vivido esa época en que todo olía a café, en que la economía del pueblo giraba alrededor de su cultivo y todas las actividades se relacionaban directa o indirectamente con él, ahora, cuando ya el pueblo tiene pretensiones de ciudad, los viejos pobladores olvidan lo que una vez fue la vida del café y las nuevas generaciones la ignoran por completo.
Aunque la Unesco elevó el paisaje cafetero a la categoría de patrimonio de la humanidad, se ve con cierto aire de nostalgia cómo esa época en que el olor a café dominaba el ambiente, hoy pertenece a la historia; solo quedan rezagos y las fincas dedicadas al cultivo del grano son cada vez menos; muchas de las que antes fueron fincas grandes, que tuvieron volúmenes considerables de producción, ahora están convertidas en hoteles en busca de ingresos adicionales a los del café para poder subsistir y no desaparecer.
Algunos herederos de viejos caficultores, que aún poseen fincas, han comprendido la importancia de cerrar el círculo de producción del café y no solamente han tecnificado sus cultivos, sino que, también, han aprendido el arte de tostarlo, empacarlo y comerciarlo. Ahora le generan un valor agregado, algo que desde hace más de un siglo realizan en Estados Unidos y Europa las compañías que comercian con el café producido aquí.
La taza familiar
Convencidos de las bondades de dar el último paso en la escala de producción del café, un buen día se decidió en mi casa beneficiar el grano de los veinte palos –esto es literal- y producir un café listo para el consumo doméstico; cualquiera pensaría que el ánimo era sacarlo para la venta, porque también se empacó y se le puso una marca.
Pero el ánimo no era comercializarlo, porque el volumen producido es ínfimo, sino tener la satisfacción de haber realizado todo el proceso de fabricación, desde escoger las semillas, hacer los almácigos, sembrar las chapolas, etc., hasta verlo tostado y empacado.
Después de compartir unos cuantos paquetes de café producido en nuestra parcela y de servir un café para degustarlo en compañía de unos amigos, me he sentado a pensar en todo lo que hay detrás de esa taza que les ofrecía: los recuerdos de mi niñez asociados al cultivo del café y mis sueños de poder algún día, cuando las circunstancias y los medios económicos me lo permitieran, conseguir un pedazo de tierra para cultivarla y sembrarle unos cuantos palos del grano que fue el motor principal de la economía colombiana durante mucha parte del siglo pasado.
Y aunque a escala reducida, la repetición, hasta en el mínimo detalle, de todo el proceso de producción, que pareció me fascinante.
En cuanto a la cosecha, ¡qué dolor!, los escasos beneficios económicos los recoge mi mujer, porque a mí solo me corresponden los gastos.
TOMADO DE: www.cronicadelquindio.com